Érase una vez... una vida sin Internet

Hoy es el Día Internacional de Internet y nos hemos puesto nostálgicos recordando cómo crecimos y cómo ha cambiado el mundo, la manera de vivir el día a día y la manera de relacionarnos. Ya nada volverá a ser lo mismo.

Érase una vez una niña que vivía en una gran ciudad con sus padres y sus tres hermanos. Le gustaba ir al cole y en el patio solían jugar a saltar a las cuerdas o al fútbol. Sus amigos eran sus compañeros de clase y prácticamente no conocía a nadie de fuera de su ciudad.

 

La televisión sólo tenía 3 canales, y más tarde empezaron a emitir otros 3. Para cambiar de un canal a otro no había mando a distancia. Cada vez que habían anuncios, su papá le decía: “Nena, levántate y apaga el volumen.” Le encantaba ver la tele aunque tampoco había mucha programación infantil. Algún que otro programa, pero nada más. Eso sí, los que había dejaron huella: Desde los Mundos de Yupi a Bola de Drac, Arare, Campeones o Juana y Sergio.

 

El primer ordenador que entró en su casa fue un spectrum que se tenía conectar a la televisión normal y a un radiocasete para cargar los juegos. Robin Hood era su preferido. Se podía estar horas jugando aunque un día el casete se enganchó y, por mucho que intentó desenredar la cinta con un boli BIC, nunca más se pudo volver a utilizar. Después del spectrum, cuando su hermano mayor empezó la universidad, entró en su casa un ordenador con pantalla, torre e impresora que llevaba un papel especial con agujeritos en los laterales para enganchar a una ruedecilla. La pantalla solo tenía dos colores: amarillo y negro.

 

En su casa solo había un teléfono. Si llamabas y ya estaban hablando, comunicaba. Y si querías hablar con la persona tenías que intentarlo más tarde. Los números de teléfono tenían 7 dígitos, algunos solo 6. Cuando esta niña quería hablar con sus amigas debía hacerlo desde el único teléfono del piso. Las llamadas costaban dinero y no había posibilidad de dejar mensajes. El teléfono tenía un cable que, aunque era largo, no permitía desplazarse mucho. Cuando alguien llamaba y preguntaba por alguno de sus hermanos, les gritaba para que se acercaran.

 

Cuando llegaba el verano, se solía escribir cartas con sus amigas. Las cartas se escribían en una hoja de papel, que se metía en un sobre, se compraban unos sellos y se tiraba al buzón. ¿No sabes lo que es un sello? Era un pequeño trozo de papel rectangular que se compraba en el estanco, pagabas unas pesetas y lo enganchabas en el sobre. De esa forma pagabas lo que costaba enviar una carta. Creo que aún los venden, pero la verdad no estoy muy segura.

 

Seguramente me dejo un montón de anécdotas por contar de esta niña que creció en un mundo imperfecto pero que no tenía prisa, en un mundo imperfecto donde se salía más a jugar, en un mundo imperfecto donde no estar conectado no significaba estar desconectado.

 

Ya no nos acordamos pero un día, no hace mucho tiempo, vivimos sin Internet. En cambio ahora, no podemos vivir sin él y sin teléfono móvil, sin whatsapp, … Los buzones casi han desaparecido, nuestros hijos ya no saben lo que es una cabina telefónica y tampoco entienden que antes la televisión se viese sólo por la televisión, y no por el ipad. Pero eso es ya otra historia que os contaré más adelante


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