¿Puede una mala persona ser un buen profesional?:

¿Realidad o utopía? Sinceramente no lo sé. Me gustaría creer que sólo las buenas personas pueden ser buenos profesionales y que, por tanto, llegan  más lejos. Pero la realidad, y a la vista de lo que sucede en el mundo, no tengo nada claro que solo las buenas personas sean las que llegan más lejos, las que triunfan o las que tienen éxito. Supongo que todo dependerá de lo que consideremos "ser buen profesional". De momento aquí os dejo dos opiniones bien distintas sobre la afirmación de Howard Gardner en su entrevista para La Contra de La Vanguardia.

Por Manuel de Lorenzo, Lean Leader for HR en Airbus Group

Hace poco  leí una entrevista en La Vanguardia de Howard Gardner, un profesor de Neurociencia de la Universidad de Harvard que decía que "Una mala persona no puede llegar a ser un buen profesional", y, cuando lo leí, quien me lo iba a decir después de tantos años, pensé que no podía estar más de acuerdo con él. 

 

En primer lugar, habría que definir que es un buen profesional. ¿Estamos hablando de alguien que hace mucho dinero, que llega a lo más alto en la jerarquía empresarial o de alguien que acaba siendo recordado por lo que hizo bien? Para mi es lo último. Seguramente mucha gente esté en desacuerdo conmigo ya que pensarán que los "buenazos" no se comen un colín y que hay que ser malo para triunfar en la vida. Yo era uno de los que pensaban así hasta que cambié de opinión. ¿En quién me basé para cambiarla? En mí mismo y mi propia experiencia.

 

Lo primero que hay que diferenciar es el "buenazo" del "pringao". A veces no es evidente pero a la larga se acaba viendo perfectamente. Yo siempre me he considerado un "buenazo" y hasta a veces he llegado a pensar que soy un "pringao", pero con el tiempo me he dado cuenta de que hay una enorme diferencia. El "buenazo" lo es por principios y el "pringao" lo es porque no acepta que no es como los demás.

 

Llegué a la conclusión de que ni era un "pringao" ni que los "buenazos" no pueden llegar lejos cuando me enteré de como les fue a mis antiguos compañeros de colegio que eran los "malotes" y que se llevaban el gato agua cuando éramos críos. Parecía que esa era la actitud a adoptar, pero no. Hoy me miro a mi mismo y veo a una persona que domina tres idiomas a la perfección, que posee un puesto bien remunerado y reconocido dentro de una multinacional aeronáutica; con muy buenas condiciones y que encima goza del mayor privilegio de cualquier profesional: Trabajar en lo que más te apasiona. Cuando veo a los "malotes" de mi colegio veo gente con trabajos medianamente remunerados, frustrados, algunos en el paro y hasta uno....en la tumba desgraciadamente. ¿Mereció entonces la pena ser como yo era? Si.

 

La mala persona puede llegar alto, hacerse rico y incluso llegar a ser recordado, aunque no siempre para bien.  Ahora recordemos a todos los grandes líderes de la humanidad que han conseguido ser recordados como Gandhi, Mandela, Jesucristo, etc...¿Qué es lo que les diferencia de otros grandes líderes y, por tanto, les hizo todavía ser más grandes? Su generosidad y anteponer el bien común al suyo individual. ¿Cuándo se consigue avanzar en la política? Cuando un líder antepone el interés general al suyo propio.

 

En definitiva, podría acabar este artículo con el gran refrán que dice: "El que siembra tormentas...."

Por Carlos García de Sola, consultor y escritor

Los antiguos griegos tenían un concepto, areté, que significa una aptitud excepcional para un fin. La excelencia pues a nivel profesional es el dominio de una técnica o la ejecución de una actividad.

 

La excelencia profesional es el mejor desempeño de un trabajo, cualquiera que sea. Vincular ese desempeño excepcional  a la bondad o maldad de las personas significa abrir de pronto una puerta para la esperanza. ¿Pero realmente hace falta ser buena persona para ser un excelente profesional?

 

El autor objeto de este debate sostiene que no. Sostiene que se requiere ética, y dice literalmente:  “no alcanzas la excelencia si no vas más allá de satisfacer tu ego, tu ambición o tu avaricia . Si no te comprometes, por tanto, con objetivos que van más allá de tus necesidades para servir las de todos”

 

Pero es que igual la excelencia  sí requiere de esa ambición necesaria, que te impulsa a hacer cualquier cosa para lograr tu fin, o de ese ego que te ayuda a realizar cualquier tarea para satisfacerlo.

 

El mundo no está dividido entre buenos y malos, ni entre egoístas y no egoístas. En la empresa, se puede, como mucho, dividir el mundo entre personas que logran sus objetivos y otras que no. Y las que logran objetivos excepcionales son profesionales excepcionales.

 

Una mala persona puede comprometerse perfectamente con los objetivos de una empresa para satisfacer su ambición, su ego, o simplemente porque laboralmente realiza bien su trabajo.  Seguirá siendo en su ámbito personal una persona con, digamos, valores alejados de lo que en el artículo se llama buena persona. Pero a nivel empresarial podrá lograr sus objetivos de excelencia, aunque por el camino pueda ser calificado como mala persona.

 

Una buena persona es aquella que hace el bien a otras personas, en una definición bastante simple pero que sirve para el propósito que quiero explicar. Pues bien, una buena persona puede no ser la ideal para exigir  a sus trabajadores y lograr el máximo rendimiento. Pero una mala persona sí puede ser el ideal para desempeñar un determinado trabajo. Pueden existir brókers desalmados cuya única ambición es ganar dinero, o empresarios explotadores, que logran sacar adelante su empresa, o jefes antipáticos y cínicos que son los mejores reportando su trabajo.

 

Se dice en la entrevista que sin principios éticos se puede llegar a ser rico pero no excelente. Pero es que, en este caso la excelencia es precisamente la capacidad para ser lo más rico posible. La excelencia para alguien que quiere ser rico no consiste en otra cosa que en amasar dinero de la forma más rápida posible. Y la excelencia en una empresa de ventas consiste en el cierre de mayor número de ventas. Y así sucesivamente. Por eso, vincular la excelencia empresarial a los principios éticos como factor de éxito, creo que por desgracia es un error.

 

Demasiados casos hay en la historia y en la vida personal de cada uno de personas éticamente carentes de principios que han llegado mucho más arriba que otras que sí lo tenían. Lograron la excelencia porque tenían una aptitud excepcional para ese fin, como dice el concepto griego de areté.


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