Vuelta al trabajo.... ¿y ahora qué?

La vuelta al trabajo puede ser dura, especialmente para aquellos que padecen depresión posvacacional. La vuelta a la rutina, a nuestras actividades diarias, madrugar,… Se calcula que aproximadamente un 45% de los españoles la sufren y, según los expertos, se debe a la incorporación brusca al puesto de trabajo.

 

 

 

 

Dicen que la depresión postvacacional se produce cuando se “fracasa” en el proceso de adaptación al trabajo después de un periodo de vacaciones. Se manifiesta en forma de malestar físico y emocional y afecta al rendimiento laboral e incluso a las relaciones familiares. Suele durar unos días o hasta que se acepta –de nuevo- el regreso a la rutina y a las actividades diarias.

 

No creo que ande muy desencaminada si digo que la mayoría de personas ven el trabajo como una obligatoriedad y, consecuentemente, algo negativo. Si viésemos el trabajo como algo positivo, la manifestación de este síntoma se reduciría drásticamente. Pero para que percibir nuestro trabajo de esta forma debemos sentirnos motivados y valorados. Recientemente leía un artículo en el diario La Vanguardia en el que se ponía de manifiesto que el principal motivo de insatisfacción de los trabajadores es el sueldo. (Ayy el sueldo… ¡¡¡nunca nos sentiremos debidamente pagados!!!) Lo cierto es que, según un estudio publicado por Adecco este mismo mes de agosto,  los salarios medios de los españoles siguen siendo los mismos que hace cuatro años, es decir, 1.638 euros brutos al mes. Sin embargo, sentirse satisfecho en el trabajo no sólo debe reducirse al sueldo. Y de hecho, aunque sea unos de los factores principales, hay otras circunstancias que influyen como por ejemplo, el ambiente laboral, las posibilidades de desarrollo profesional, etc. Desde mi punto de vista, el ambiente laboral y las relaciones con los compañeros de trabajo es la causa de satisfacción – o insatisfacción- más importante de todas, de forma consciente o inconsciente. Cambiar de trabajo puede ser fácil, pero cambiar de compañeros no es tan sencillo.

 

Este año, y por primera vez en muchos años, no tengo depresión posvacacional. He cambiado esa extraña tristeza y angustia, por una mezcla de tranquilidad e intranquilidad que da el hecho de buscar nuevas aventuras. Durante estas vacaciones dejé de trabajar en la empresa en la que he pasado los últimos 9 años. Fue una decisión difícil pero necesaria para mi bienestar y centrarme en mí misma y en mi familia. 2016 no empezó especialmente bien a nivel personal y he necesitado unos meses para poder recuperar las fuerzas, la ilusión y la confianza en mí misma y afrontar así nuevos retos. Los ciclos se acaban, para dar paso a otros, y el mío allí simplemente acabó. Nada dramático, simplemente me di cuenta que mi camino debía seguir por otro lado. No fue una decisión fácil de tomar ya que allí dejo a grandes personas y a grandes amigos, que es justamente lo que me ha retenido –si se me permite esa expresión- durante los últimos años.

 

Ahora afronto un nuevo proyecto, montar mi propia empresa, con el que espero no solo poder pagar las facturas del día a día, sino también disfrutar haciendo cosas nuevas y que me gusten. Espero poder pasar a engrosar la lista y ser uno más de los 3.167.998 trabajadores autónomos que había en diciembre de 2015. ¿Estoy loca? No lo sé pero he decidido dar un giro a mi vida profesional y, si me equivoco, estoy segura de que no pasará nada.

 


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